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lunes, 18 de julio de 2022

Izquierda, derecha: una puesta en claro

Introducción

Este ensayo intenta restaurar un significado coherente de las nociones de “izquierda política” y “derecha política” que suelo manejar; es una clarificación que necesito para poder usarlas. También para ubicarme en el mapa político según mis creencias y mis ideales.
Queda dicho pues que este trabajo es autorreferencial, es un hito de mi historia. No pretende descubrir algo nuevo, sino poner en orden mis ideas. Quizás le sirva a alguien para poner en orden las suyas.
Una segunda parte, en texto separado, está dedicada a la crítica del marxismo, y especialmente de la teoría del valor-trabajo, que a mi ver es la piedra angular del anticapitalismo, persistente en la izquierda.
El marxismo fue mi religión política durante muchos años y su estudio consumió una buena parte de mi tiempo. Intento distinguir el anticapitalismo de la izquierda.
Tampoco aquí hay novedades, todo está dicho y escrito en algún lado, pero pongo un énfasis personal en denunciar a la teoría del valor-trabajo como el origen de las catástrofes ocasionadas por la doctrina.
En esa segunda parte incluyo un análisis de las perspectivas de futuro. Allí trato de identificar los problemas más importantes que a mi juicio debemos enfrentar en la actualidad como colectivo humano.

Las palabras, campos de batalla

La complejidad de los términos políticos es producto de la historia, tanto de la historia universal como de la local y reciente.
El siglo XX, con la descolonización, el estalinismo, el cambio profundo de la sociedad, la degradación del medio ambiente, sin olvidar las guerras y las revoluciones, ha desfigurado el esquema binario izquierda-derecha. Las palabras, izquierda, derecha, fascismo, democracia, libertad, se han convertido en campos de batalla donde se enfrentan concepciones opuestas.
El filósofo italiano Norberto Bobbio (1909-2004), en su ensayo “Destra e sinistra” (1996) intentó desenmarañar la madeja y salvar la noción de izquierda, tanto para hacerse entender, como para seguir adhiriendo a algo que consideraba esencial de su existencia social: su militancia por equidad y justicia. Sigo su huella, así como la de otros autores que me inspiran, como Antonio Escohotado, François Furet y Leszek Kolakowski. La lista de las deudas intelectuales es larga y la pondré en otro lado.

Confusión. Izquierda y antiimperialismo

Desde hace un siglo, por lo menos, se ha desplazado el centro de gravedad de la izquierda de la lucha obrera y por las libertades institucionales a las reivindicaciones nacionales.
El Risorgimento Italiano del siglo XIX, que llevó de frente la aspiración a un estado nacional unificado con el reclamo de un régimen constitucional, fue una fusión lógica y armoniosa del patriotismo con la izquierda.
La historia agridulce de las repúblicas americanas es un drama inconcluso de aspiraciones y frustraciones.
Luego, en el siglo XX, la emancipación de las colonias, la descolonización en África y Asia también alineó a los nacionalismos nacientes con los reclamos universalistas e igualitarios de la izquierda.
Como resultado esto lleva a que se confundan antiimperialismo e izquierda y a que se reemplace uno por otro. Cuando el antiimperialismo muta en nacionalismo excluyente o étnico encarna valores que están en el polo opuesto a la izquierda, por lo que se produce una inversión maligna al confundirlos. El ejemplo paradigmático en Argentina es el desprendimiento del movimiento católico, peronista y de extrema derecha Tacuara, acaudillado por Joe Baxter, que por vía de su antiimperialismo pasó del nacionalismo de extrema derecha a formar parte de los movimientos armados de extrema izquierda; recordemos que este grupo participó en la fundación del MLN Tupamaros; que una parte de él fue a dar a Montoneros, otra al ERP, y que Baxter mismo terminó en el trotskismo. Otro caso ejemplar y sugestivo es la evolución de los partidos comunistas serbio y ruso postsoviéticos hacia el ultra nacionalismo autoritario, como el encabezado por Milosevic.

Entrevero. El bolchevismo y la izquierda

El bolchevismo (o leninismo) nació de la izquierda, surgió en el partido socialdemócrata ruso, e intentó apoderarse de ella con exclusividad, condenando a su matriz socialdemócrata como “traidora”, “social fascista”, etc. En ese intento tuvo éxito, en cierta medida, durante mucho tiempo.
El principal exponente y el heredero del bolchevismo en nuestro continente es el régimen cubano, que se apoderó de Venezuela a través del régimen de Chávez y Maduro, infiltró sus instituciones y sus empresas, le extrajo miles de millones de dólares, y pretende extenderse a otros países. En el FA uruguayo el régimen cubano es artículo de fe, ni se lo critica ni se lo condena, así como se hace silencio sobre el régimen chavista, haga lo que haga. En el monopolio de la izquierda política en Uruguay no se puede atacar ni al bolchevismo ni al régimen cubano.
El fascismo mussoliniano, un nacionalismo militarista, imperialista y excluyente, nacido del movimiento socialista italiano, en su fase final también antisemita, se opuso al bolchevismo y al socialismo, y en cierto momento intentó monopolizar a la derecha.
Fascismo y bolchevismo ponen en escena su antagonismo, y pretenden que esta oposición domine las opciones políticas: el que no está con uno tiene que estar con el otro.
Como la historia enseña, esa enemistad aparente es complicidad real contra los regímenes democráticos. Lo demostró la experiencia del antifascismo en Europa en la década del 30, cuyos hilos movía Stalin, que condujo al pacto germano-soviético de 1939.
Siguiendo con los ejemplos, el nacionalismo vasco racista-esencialista de ETA es considerado de izquierda porque adhiere al marxismo-leninismo, aunque su origen sea de extrema derecha (en el Carlismo).

El camino recorrido

Mi camino por las ideas comenzó por un antiimperialismo primario, el rechazo a la invasión de Guatemala en 1954 por un ejército mercenario pagado por la CIA, que derrocó al gobierno reformista y democrático de Jacobo Arbenz (con una secuela sangrienta que todavía perdura). La invasión en sí y la versión mentirosa que dio la prensa del hecho me marcaron para siempre. Fue perpetrado en nombre de la democracia por la primera democracia liberal del mundo, y manchó durablemente su imagen (la imagen del país y la de la democracia) a los ojos de los jóvenes de mi generación.
El golpe de Guatemala fue casi paralelo a la represión soviética de la revolución húngara en 1956, que cimentó el “tercerismo” muy en la línea del semanario “Marcha”, es decir, no nos alineamos ni con el bloque soviético ni con Estados Unidos.
Viví luego el entusiasmo con la Revolución Cubana de 1959. De allí evolucioné con la polémica chino-soviética de 1963 a un maoísmo anarquizante que me llevó a confundir la Revolución Cultural china de 1966 con una revuelta anti burocrática, consternante ingenuidad que cometí en la buena compañía de una parte de la intelligenza francesa e italiana.
En esa senda se alternaron la experiencia (militancia estudiantil, política y sindical en Uruguay, viaje a la China de Mao, vida en el Chile de Allende y en la Francia de Mitterrand) y el estudio, con especial énfasis en “El Capital” de Karl Marx. Mis intereses filosóficos a partir de 1973 se abrieron a otros autores, natural y afortunadamente. Mis intereses literarios hacía tiempo que corrían por otro carril.
Si entendemos “ideología” como “religión política”, siempre intenté someter creencias y opiniones a la razón y a los hechos de la historia: para conservar los valores y descartar los relatos ficcionales y facciosos.
Por eso mis ideas han ido cambiando. No es un motivo de vergüenza, al contrario, para mí lo es de orgullo. Pues las ideas existen para ser objetos del pensamiento, para comunicar y discutir entre seres pensantes, por oposición a los dogmas que nos aíslan en sectas estancas. Los dogmas nos estrellan contra el muro de la realidad y de la razón.

Izquierda, Derecha: origen histórico de los términos

En la Revolución Francesa

Los términos izquierda y derecha, usados para calificar a una tendencia o idea política, nacieron en la Asamblea Nacional de la Revolución Francesa, como lo explica el siguiente extracto del artículo “Izquierda política” de la Wikipedia:
“El término Izquierda política, como el de Derecha, tiene su origen en la votación que tuvo lugar el 11 de septiembre de 1789 en la Asamblea Nacional Constituyente surgida de la Revolución Francesa en la que se discutía la propuesta de un artículo de la nueva Constitución en la que se establecía el veto absoluto del rey a las leyes aprobadas por la futura Asamblea Legislativa. Los diputados que estaban a favor de la propuesta, que suponía el mantenimiento de hecho del poder absoluto del monarca, se situaron a la derecha del presidente de la Asamblea. Los que estaban en contra, y defendían que el rey sólo tuviera derecho a un veto suspensivo y limitado en el tiempo poniendo por tanto la soberanía nacional por encima de la autoridad real, se situaron a la izquierda del presidente. Así el término "izquierda" quedó asociado a las opciones políticas que propugnaban el cambio político y social, mientras que el término "derecha" quedó asociado a las que se oponían a dichos cambios.”
En esta figura paradigmática, inaugural de la significación de los términos derecha e izquierda, hay ya por lo menos dos dimensiones que volvemos a encontrar una y otra vez: igualdad y libertad, los temas eternos que dividen las aguas de nuestras ideas políticas. Primero la cuestión de la autoridad absoluta del Rey, por encima de la libertad de la Asamblea; y segundo la cuestión de la igualdad, si el Rey es uno más, con iguales derechos.
La historia de la Revolución Francesa también dio origen a otros clivajes: “una izquierda liberal que rechaza el Terror del ‘93 a favor del ‘89 de los derechos; una izquierda jacobina centrada sobre el estado y su poderío renovado por la Revolución y el Imperio; una izquierda colectivista que llama a ir más allá de la Revolución y la República en el Socialismo; una izquierda libertaria, finalmente, que defiende, contra el poder y las élites, el rol de las clases populares en la búsqueda de la igualdad.” (Tomado del comentario en Le Monde fechado 28/09/2012 del libro de Jacques Julliard “Les gauches françaises 1762-2012 Histoire, politique et imaginaire”.)

El Renacimiento, la Ilustración

Más allá de los términos, derecha e izquierda, las ideas mismas que se agrupan bajo esas etiquetas son un conjunto variopinto de diverso origen histórico, con raíces en el desarrollo de la civilización europea occidental y en la historia americana.
Me resulta necesario distinguir en ese conjunto las ideas comunistas de las liberales.
El comunismo está bien estudiado por Antonio Escohotado en su monumental obra “Los enemigos del comercio”, indispensable.
Las ideas liberales, republicanas, democráticas, por su parte, también tienen su historia, que empieza en Grecia antigua, y que fueron siempre (no sólo ahora) antagonistas de las de la vertiente comunista. Dice Escohotado:
"...la expresión más brillante de escándalo es una República platónica concentrada en oponer seguridad y libertad. Allí, junto a la propuesta de regresar a la severidad del ayer, encontramos también por primera vez la de reconvertir lo privado en común.
"Desatendido políticamente por sus compatriotas, Platón se convirtió más tarde en el principal inspirador de la teología, la pedagogía y la ética cristiana.
"Su crítica de la democracia como demagogia triunfó y, sin embargo, la aspiración al autogobierno no pudo erradicarse. Por caminos casi siempre sinuosos acabó imponiéndose una libertad inseparable de innovación, y Europa se convertiría en foco de una cultura occidental llamada a ser política y económicamente hegemónica.” (Antonio Escohotado. Introducción a “Los enemigos del comercio”.)
Subrayo del texto de Escohotado la frase: “la aspiración al autogobierno no pudo erradicarse”. Esa aspiración reaparece en las repúblicas italianas del Renacimiento, en las ciudades comerciantes de la Liga Hanseática, en la Holanda protestante. Inspira la pluma de muchos filósofos de la Ilustración. En la República de Holanda gobernada por el liberal De Witte vive, piensa y escribe Baruch Spinoza.
Triunfa con los Founding Fathers de la Revolución Norteamericana. Produce la llamarada de la Revolución Francesa. Inspira a José Gervasio Artigas.

La izquierda ¿es comunista o liberal?

No intento hacer una historia de las ideas liberales, sino explicar qué entiendo por ideas de izquierda. Pero eso no se puede hacer mencionando una sola raíz. Y la doble naturaleza de la izquierda, liberal y comunista no puede negarse, aunque el comunismo pretenda relegar al liberalismo a las tinieblas exteriores, o bien mantenerlo controlado en una alianza donde es hegemónico.
Me parece decisivo y fundador, en la formación del espíritu de izquierda liberal, el intento de crítica racional de las ideas establecidas. La creencia en la razón es lo que llevó a Baruch Spinoza, David Hume, Montesquieu y otros filósofos a someter a la crítica a las instituciones del Estado, a la Monarquía y a la Biblia; lo que permitió pergeñar la idea de progreso y la aceptación de novedades, lo que fundó la esperanza en la ciencia y la creencia de que con los cambios se podrían mejorar la vida de los individuos y a la sociedad toda.
Por eso, para mí, lo digo sin ambages, la verdadera izquierda es liberal.

Izquierda y derecha políticas

Right & Left in a nutshell

La cita de Stuart Mill dice todo lo esencial sobre la izquierda y la derecha puras, entendiendo "party" no como "partido" sino como "partidarios":
“A party of order or stability, and a party of progress or reform, are both necessary elements of a healthy state of political life.” (John Stuart Mill "On Liberty" 1859)
La cita de Enriques Krauze en cambio, lo dice todo sobre nuestra confusión (en Letras Libres, junio de 2020): "Un senador de la república me interpeló ... con una cita de Octavio Paz: ‘Hay que repetirlo: nuestra obtusa derecha no tiene ideas sino intereses’. Le respondí completando la cita: ‘La izquierda está paralizada por una tradición dogmática y por su pasado estalinista’. ".
¿Es la derecha algo más que sus intereses egoístas, es la izquierda algo más que su dogmatismo comunista?
Entonces, he aquí mi propuesta positiva: la derecha considera que lo que es, está bien, y debe perdurar. Es un estado de satisfacción en lo que respecta al orden social, de respeto de la tradición y de resistencia a los cambios; y la izquierda cuestiona los dogmas religiosos y las jerarquías, pone a la razón y la ciencia al frente de sus prioridades, toma partido y la palabra por los menores y los relegados, es un estado de insatisfacción y de deseo de cambio.
La derecha es la conservación de la tradición y el orden social.
La izquierda es la innovación, el progreso a través de lo nuevo, las nuevas ideas superando a las antiguas. Es el cuestionamiento de la autoridad, es el David con la honda de ła crítica derribando al Goliath de los dogmas

La libertad y la verdad

Verdad y libertad: son territorios en disputa, sin duda. Deliberadamente sitúo el tema “libertad” fuera de “izquierda” y de “derecha”, porque no pertenece de derecho a ninguno de las dos, como tampoco la “verdad”. Ni la libertad ni la verdad son valores de izquierda o de derecha. Son valores en disputa, de los que unos y otros quieren apropiarse y exhibir como propios.
La derecha mercantilista y la izquierda comunista rechazan la libertad de comercio, como la derecha autoritaria, el oscurantismo religioso y la izquierda comunista aborrecen la libertad de pensamiento. Pero ello no compromete ni a todas las izquierdas ni a todas las derechas.
Durante todo el siglo XX una buena parte de la izquierda estuvo asociada al comunismo, y éste a la represión y al dogmatismo, en cumplimiento de un supuesto destino proletario. La bandera de la libertad de pensamiento y de creación quedó en manos de la derecha liberal y del socialismo democrático. Libertad y verdad son criterios para juzgar tanto a la izquierda como a la derecha, me refiero a la verdad histórica sobre todo.
Y quiero aclarar que aquí no estoy hablando de libertad en el sentido de aquella compleja relación del individuo con su propia finitud, por un lado, y con la infinitud de su potencial creativo, por el otro.
Hablo de libertad política individual. Es decir, de qué restricciones hacen pesar la familia, la sociedad y el poder del Estado sobre el individuo; qué límites se imponen a su conducta, a su pensamiento y a su expresión, a su búsqueda, a sus desplazamientos, a su actividad productiva, comercial o intelectual, a su asociación con otros, a su vida sexual y amorosa. A qué leyes está sometido, quién las dicta, quién las hace respetar, y cómo se asignan las responsabilidades correspondientes.
La respuesta a esas preguntas define el régimen político imperante, que puede ser más o menos libre o autoritario.

Derecha

Entiendo que la “derecha” es la corriente política que da preeminencia al mantenimiento del orden social y a la conservación de las tradiciones. Defensa y restablecimiento del orden, transmisión de las tradiciones, allí está, creo yo, el corazón legítimo de la derecha y su verdadera razón de ser, las fuentes de su fuerza y de la adhesión que suscita, la explicación de su continuidad y de la vigencia política permanente de sus ideas.
Conservar el orden social es, casi siempre, perpetuar la posición social de las personas, ya sean estas propietarios, siervos, obreros fabriles, etc, según los casos y las sociedades; la reproducción del orden social por la herencia es crucial. La movilidad social, el cambio de estamento, ya sea durante la vida de los individuos o de su progenie, puede ser tolerada por la derecha, pero es mirada con desconfianza como un peligro, un factor disolvente de las costumbres y de los valores a conservar.

Rituales y costumbres

Los rituales y las costumbres de la vida cotidiana son parte integrante de las tradiciones, expresan la estructura social y, al ejecutarse, la conservan y la reproducen. El casamiento, por ejemplo, pero también la obtención de diplomas, la comunión, la circuncisión, la fiesta de quince, la bar-mitzvah, etc.
Sin duda el orden social también está representado en ciertos rituales banales y cotidianos, diferentes según la sociedad de que se trate; entre nosotros puede ser el uso de corbata en ciertas ocasiones, los protocolos de saludo, de precedencia, de trato.

Orden social

Más importante aún: el orden social es también lo que nos preserva de la rapiña, de la violación, del asalto a mano armada, es lo que hace que nuestros depósitos bancarios estén seguros, es lo que garantiza la propiedad de nuestra casa, e via dicendo.
Se entiende, pues, que el orden social es un valor que la mayoría comparte, y que es un gran bastión político de la derecha. La izquierda tiene que pensarlo muy bien antes de atacarlo, y debe respetarlo si quiere tener vigencia electoral y amplia adhesión popular.
Incluso cuando el orden es desbaratado por un levantamiento revolucionario, generalmente considerado de izquierda justamente porque rompe el orden existente, la nueva autoridad constituida tiene como primera preocupación el restablecimiento de la vigencia y el respeto de la ley, sea de la antigua ley o de la nueva, la antigua si la revolución es derrotada, la nueva si triunfa.
Cuando un movimiento político transformador intenta analizar el orden social vigente para determinar qué partes se pueden cambiar sin peligro de caos y cuáles hay que preservar, es porque sabe que no se puede jugar con ello de manera irresponsable.

La huelga

La huelga fue mirada por la izquierda revolucionaria del siglo XIX (en particular por los anarco-sindicalistas) como la expresión y la herramienta de la subversión total del derecho de propiedad, capaz de conducir y de alumbrar un nuevo orden social.
Pero las luchas sindicales y obreras condujeron a otro equilibrio entre clases sociales. La codificación del derecho de huelga es un recurso para abrir, en el orden social imperante, una puerta que permita la reivindicación obrera, articular un espacio de protesta y de cambio, sin desarmar la estructura general. La introducción del derecho de huelga es considerado, con razón, obra de la izquierda, y fue en su momento denunciado como subversivo, pero hoy forma parte, a partir de su adopción en el marco legal, de las reglas del orden social. Hoy, la huelga y los sindicatos son vistos como un factor de equilibrio. Tan solo una derecha extrema sigue soñando con la supresión total del derecho de agremiación y de huelga.

La tradición

La tradición es otro de los bastiones de la derecha. La tradición incluye las creencias religiosas, el rol canónico de la mujer y del varón, ciertos valores y anti valores, como ser el rechazo de la homosexualidad y la admiración del coraje guerrero. La tradición se transmite de generación en generación sin que la política intervenga, casi, en ello. Pero la política de derecha hace de ella una bandera, mejor dicho, hace de su conservación una bandera. Las tradiciones se transmiten de una manera que es imperceptible desde el escenario político, salvo cuando alguna de ellas es cuestionada o atacada, por ejemplo por el movimiento feminista o el de gays y lesbianas reclamando el derecho de adopción. Entonces se produce un enfrentamiento en el que los defensores del bando tradicional, el statu quo, son casi siempre actores políticos de la derecha.
Pero, por supuesto, los valores tradicionales y las tradiciones tienen la adhesión de la mayoría, y su abandono supone un desgarramiento mayor en la sociedad, que no ocurre sin conflicto.

La defensa de los ricos

La derecha ha tenido siempre el rol principal en la defensa de los ricos y los poderosos. Estos financian sus partidos políticos, sus asociaciones y sus ateneos. Esto deriva de aquello: los ricos y los poderosos son las personas mejor instaladas en el orden vigente, que les conviene preservar.
Pero esto solo no podría explicar la fuerza de sus partidos, ni podemos creer que la mayoría de la gente, que no es ni rica ni poderosa, está engañada y es ciega a la realidad, aunque algo de esto puede haber. El fondo de la cuestión es, sin embargo, que la derecha cuenta con dos palancas de mucho coeficiente, que son el orden y la tradición, porque estos son aceptados por la mayoría como una necesidad y un bien social. Que en general lo son, sin duda.

La derecha paternalista

El “estado del bienestar”, que es hoy prenda de los gobiernos socialdemócratas, fue en sus comienzos una táctica ideada por la derecha para preservar el orden social y quitar aire a sus adversarios socializantes. Antes aún, existieron las iniciativas de las parroquias en ayuda de los pobres, de los indigentes, de los huérfanos y los enfermos. Esto no tiene origen en ideas de izquierda, sino en una sensibilidad especial frente a las dificultades de las personas desfavorecidas o desgraciadas.
Hablaremos de esto más adelante, ahora basta recordar que los Estados nazis y fascistas fueron Estados de Bienestar, proveían salud, alojamiento, transporte y diversión, acompañadas de su propaganda, y lo hacían de una manera paternalista, sin permitir una organización independiente de los objetos de esas políticas.
La derecha más autoritaria es también paternalista.

Izquierda

La izquierda pura – la igualdad

Me refiero así a la izquierda como pensamiento libre, sin los compromisos ni las responsabilidades del gobierno o del poder político, porque siento la necesidad de distinguir la izquierda como orientación de gobierno (o que se prepara para gobernar) y la izquierda como sensibilidad social movilizada por fuera del Estado, independiente de él.
Así como la derecha pura es la tradición y el orden, la izquierda pura es la palabra de los disconformes, es el cuestionamiento del orden imperante, la puesta en tela de juicio de los valores tradicionales, y es la aspiración de igualdad, de justicia y de libertad.
Norberto Bobbio se pronuncia por la aspiración a la igualdad como criterio para distinguir izquierda y derecha: "[...] me resulta que el criterio [...] para distinguir la derecha de la izquierda es la distinta actitud que los hombres [...] asumen frente al ideal de la igualdad, que es, junto al de la libertad y el de la paz, uno de los fines últimos que se proponen de alcanzar y por los cuales están dispuestos a luchar."(Cap. VI - Eguaglianza e libertà pp.71-82)
Son también estos unos valores muy apreciados y, por lo menos de palabra, reconocidos por una amplia mayoría. Las diferencias empiezan cuando se llega a los casos concretos, quién tiene derecho a qué según su condición.
Pero las dudas van más allá de la casuística pues la igualdad, la libertad y la justicia son conceptualizadas de modos muy distintos según las corrientes políticas y filosóficas.
Por igualdad algunos entienden la absoluta igualdad de bienes materiales. La experiencia de los kibbutz es un ejemplo de intento de llevar a la práctica social el ideal de la igualdad, pero en condiciones acotadas. Algunas comunidades religiosas, y quizás los saint-simonianos, también lo intentaron o lo intentan. En nuestro medio existieron (¿existen?) experiencias como la Comunidad del Sur, y otras. El ideal o meta final del comunismo expresa esa creencia. “A cada cual según sus necesidades” reza el principio, lo cual supone una abundancia ilimitada de bienes y/o una restricción de las “necesidades”. Pero este ideal no conoció nunca ni siquiera un comienzo de aplicación a escala de una sociedad compleja. La experiencia de los Jemeres Rojos en Camboya en 1978 fue quizás una, y terminó en genocidio. Sólo hay experiencia de reparto de bienes limitados según distintos criterios, pero siempre mediando en el reparto o bien un mercado comercial o bien una burocracia omnipotente.
La igualdad como concepto tropieza con la desigualdad inherente a la especie humana, pues siempre habrá diferencias de sexo, de edad y de salud, por lo menos. Es imposible que no haya, además, diferencias de aptitud para tal o cual actividad, diferencias de facilidad de aprendizaje, diferencias de gustos y de vocación. Todo concepto de igualdad debe lidiar con estas desigualdades que no se pueden borrar en ninguna sociedad, ni real ni imaginaria.
El tema de la igualdad es central y muy problemático. Lo menciono sin pretender resolverlo.
Creo que John Rawls, que en “A Theory of Justice” reflexiona sobre la desigualdad, y sobre qué desigualdad puede ser aceptable en una sociedad para ser considerada “justa”, se acerca a una solución y propone un criterio teórico.
A propósito de igualdad no podemos dejar de citar a Hume:
“Dividamos las posesiones de un modo igualitario, y veremos inmediatamente cómo los distintos grados del arte, esmero y aplicación de cada hombre rompen la igualdad. Y si se pone coto a esas virtudes, reduciremos la sociedad a la más extrema indigencia. En vez de impedir la carestía y la mendicidad de unos pocos, éstas afectarán inevitablemente a todo el cuerpo social. También se precisa la inquisición más rigurosa para vigilar toda desigualdad, tan pronto como aparezca por primera vez, no menos que la más severa jurisdicción para castigarla y enmendarla. Pero tanta autoridad habrá de degenerar pronto en una tiranía, ejercida con grandes favoritismos.”
Según Antonio Escohotado, que lo cita en "Los enemigos del comercio" Tomo 1, pág. 385,  “Lúcido y premonitorio, fue dirigido a los levellers, primigenios comunistas, y es válido para todas las experiencias realizadas hasta hoy”.
La igualdad que defiende y caracteriza a la izquierda liberal (ya no es la izquierda pura) es la igualdad ante la ley que, recordemos, se ilustra en la abolición de la servidumbre y de la esclavitud, de modo que la “igualdad ante la ley” tiene mucho que ver, en su origen, con la lucha por la libertad política. O, más simplemente, como lo dice Antonio Escohotado, la búsqueda de “una sociedad sin superiores e inferiores por nacimiento.” (T1, pág 222) Es la negación tanto de los privilegios aristocráticos como de condiciones de inferioridad hereditarias. La igualdad que quiere la izquierda liberal comprende la igualdad de oportunidades, de acceso a la ciencia, al conocimiento del mundo, a la experiencia artística, a la información. Y es una igualdad universalista, para todos, sin distinción de origen étnico, sexo o religión.

La justicia

La justicia es aún más difícil de aprehender. Es la aspiración a la plena vigencia de un estado de derecho, con la aplicación de leyes “justas” (las comillas indican que hay una disputa en cuanto a cuáles serían las leyes justas). Esta aspiración incluye el juzgamiento y la condena de los crímenes impunes de los poderosos de una época, por ejemplo de los crímenes de la dictadura en Argentina y de las torturas, de las desapariciones y los robos de bebés. En esto muchas corrientes de derecha democrática van a concordar. Pero la justicia que quiere la izquierda no es simplemente la vigencia del estado de derecho, sino también la eliminación de las injusticias sociales, como la pobreza hereditaria, con su cortejo de déficits educativo y sanitario, y la extrema polarizacioń de la distribución de los bienes y de los beneficios del desarrollo industrial y científico. No es lo mismo que la igualdad, pero converge con ella a una sociedad donde se moderan las diferencias sociales.

El orden social y la tradición

La izquierda se opone al orden establecido. Lo considera injusto.
Se opone a la tradición, por lo menos a algunos de los valores que son aceptados como religión por la sociedad.

La Ilustración

La crítica, la reflexión, la razón, la ciencia, son valores que la izquierda hace flamear en sus estandartes, y es legítimo porque históricamente ellos socavaron la autoridad de la tradición religiosa, la de los doctores de la iglesia y el orden de los señores feudales.
Sin embargo, la libertad de comercio, decisiva en el trabajo de zapa del orden feudal, y la base de la prosperidad actual del mundo, no es defendida por la izquierda de manera unánime: la vertiente social democrática marxista la cuestiona, (sin hablar de la comunista, que la rechaza de plano, como también rechaza todas las demás libertades).
La ciencia (el espíritu científico, y sus logros) es hermana de la Ilustración.
El tema de la libertad de crítica y de pensamiento toca el de las libertades en general, y es territorio en disputa entre la corriente comunista y la corriente liberal en la izquierda. El dogmatismo marxista, con su pretensión a la verdad única “científica”, es todavía hoy un formidable enemigo de la libertad, tanto de pensamiento como de comercio.

La izquierda en el gobierno

Vimos, en el apartado anterior, la izquierda “pura”. Sin embargo, cuando llega al gobierno a la izquierda le toca asegurar el mantenimiento del orden y el respeto de la tradición, por lo menos de algunas tradiciones, como ser las que conforman la identidad nacional. Si no se ha separado la Iglesia del Estado, como en Argentina o el Reino Unido, el gobierno de izquierda tiene la obligación de hacer respetar las tradiciones religiosas. Menuda contradicción.
Cuando gobierna, tiene que hacerlo para todos, no solamente para quienes están de acuerdo con sus ideas; avanzar con leyes y consensos, si quiere mantenerse dentro de la institucionalidad democrática. En el gobierno debe dirigir la policía y las fuerzas armadas, administrar las cárceles, proceder según las leyes anteriores, mientras que no consiga cambiar algunas. Ya no puede ser la izquierda “pura”, sin compromisos. Eso, sin contar los casos en que cae directamente en los vicios que criticaba desde la oposición.

El espíritu revolucionario y los extremos autoritarios

La extrema izquierda

La izquierda extrema es la izquierda revolucionaria, la que busca el triunfo definitivo y absoluto de sus ideas, de su concepto de la justicia y de la igualdad, la victoria final de su modelo de sociedad, por los medios que sean. El fin es tan alto, tan absoluto, que justifica cualquier sacrificio (vidas, generaciones, valores). El parecido con el fanatismo religioso (católico, islámico, etc.) no es mera coincidencia.
El problema de las revoluciones izquierdistas triunfantes es que pretenden suprimir al orden injusto y también a sus defensores. Suprimen los partidos de derecha y luego tienen que asumir su función, pues es necesario defender el orden y preservar las tradiciones, ya sean estos las nuevas tradiciones y el nuevo orden. Un solo partido, una sola tendencia, ocupando todas las funciones, actuando en todos los roles.
La Revolución goza de un inmenso prestigio. Revolucionario es un adjetivo poderoso, su mención suscita entusiasmo o temor, pero emociona siempre al extremo. Ha sido el fondo de comercio del régimen cubano de Fidel Castro, que lo explota hace más de medio siglo, sin que dé señales de agotamiento, a pesar de haber arruinado a su país y de haberlo hecho vivir bajo un despotismo paralizante. Es como lo que en otra época puede haber sido el prestigio de la palabra divina, de un profeta o de un rey taumaturgo. ¿Por qué?
Es (creo) que la Revolución evoca el acceso a la utopía. No es simplemente el derrocamiento de un régimen político, de un gobierno o de un monarca, es el pasaje intentado al reino celestial, a la edad de oro; “revolución” significa justamente eso, vuelta completa de 360 grados, el retorno al comienzo, al paraíso perdido, a la mítica armonía que, se cree, existió al alba de la sociedad humana, el “comunismo primitivo” de Engels, o cosa similar. En nuestra América, de raigambre guaraní, el espíritu revolucionario atisba desde las profundidades de la “tierra sin mal”, meta de las migraciones emprendidas por poblaciones enteras bajo la conducción de un karaí.
Esta revolución reivindica y utiliza para sus fines la violencia del oprimido. Los mujiks que incendian el castillo de los señores, los esclavos que matan a sus amos, esto es, el “odio justo” contra el cual nos prevenía Nina Berberova, la violencia que, según Franz Fanon, transforma al oprimido en libre. Franz Fanon teoriza la función redentora de la violencia. Pero luego del estallido revolucionario, de la rebelión, hay que hacer entrar en cintura a los insurrectos, hay que poner orden. La izquierda revolucionaria que es primero violenta, es después represiva.
La Revolución es, sin duda, una prenda de la izquierda, pero la desborda por todos lados. Tiene de la izquierda el cuestionamiento del orden establecido y de las tradiciones instaladas, pero le suma el dogmatismo de sus objetivos, –en el polo opuesto a la libertad de pensamiento y a la duda científica–, y la defensa a ultranza del futuro nuevo orden, en lo cual se identifica con la derecha más absoluta. Stalin y Hitler pueden ser equiparados como expresión de poder totalitario, revolucionario y absoluto, subvirtiendo el orden y las tradiciones que los precedían, e instaurando otras que convirtieron en intangibles, absolutas, incuestionables.
Se podría decir que la izquierda es compañera de ruta de la revolución, pero que esta última la supera, la desborda, y finalmente la derrota.
Vale la pena escuchar a Leszek Kolakowski sobre el “Espíritu Revolucionario”:
"En general, la mentalidad revolucionaria es la actitud espiritual que se caracteriza por la creencia particularmente intensa en la posibilidad de una salvación total del hombre en oposición absoluta con su situación actual de esclavitud, de manera que entre las dos no habría ni continuidad ni mediación; más aún, que la salvación total sería el único fin verdadero de la humanidad al cual todos los valores deberían estar subordinados como medios. No existiría más que un solo valor que sería la negación total del mundo existente."(Leszek Kolakowski "L'esprit révolutionnaire" Denoël 1985)
También a George Orwell:
"Es el sueño de una sociedad justa que parece poblar la imaginación humana en todas las edades, sea que se llame el Reino de los Cielos o la sociedad sin clases, o bien que sea concebida como una Edad de Oro que existió alguna vez en el pasado y de la cual degeneramos. Innecesario decirlo, los esclavos fracasan en alcanzarla. En cuanto se establecen como una comunidad su modo de vida resulta tan injusto, laborioso y lleno de miedo como cualquier otro." (George Orwell (1944) "Arthur Koestler")

La libertad divisoria de aguas

Si la actitud ante la igualdad divide las aguas entre la izquierda y la derecha, la libertad (política) lo hace tanto en el seno de la derecha como en el de la izquierda. Otra vez recurrimos a Norberto Bobbio:
“Hay doctrinas y movimientos autoritarios tanto en la derecha como en la izquierda. [...] porque el criterio de la libertad sirve para distinguir el universo político no tanto respecto a los fines sino en cuanto a los medios para alcanzarlos: se refiere, esto es, a la aceptación o al rechazo del método democrático, entendido como el conjunto de reglas que permiten de tomar decisiones colectivas a través de debates libres y de libres elecciones, sin recurrir a la violencia. El contraste respecto al método permite distinguir en el ámbito de la derecha y de la izquierda el ala moderada del ala extremista.” (“Destra e sinistra” pág. 80)
La disposición frente a la libertad y a la violencia divide las aguas tanto en la izquierda como en la derecha.

Otras revoluciones, que no son LA Revolución

Quiero dejar constancia de que en la historia hay muchas revoluciones que no responden a la descripción esbozada más arriba, es decir, la del apocalipsis emancipador: la Revolución Francesa del comienzo hasta el Terror Jacobino; la revolución china de 1911 que derrocó a los emperadores y fundó la República presidida por Sun Yat-Sen; la revolución rusa de febrero de 1917 que derribó al Zar y fundó una república parlamentaria, aniquilada por Lenin y Trotsky en octubre de ese mismo año; la revolución “de los claveles” de 1974 en Portugal que derribó a la dictadura salazarista; la revolución “de terciopelo” checa que sacudió el yugo comunista; las primaveras árabes; la Transición española después de la muerte de Franco, que desembocó en la Constitución de 1978; etc. Generalmente son las revoluciones que alcanzan sus objetivos cuando obtienen la victoria, cuando consiguen derribar al poder despótico, instaurar una república, una monarquía constitucional o un régimen religioso (pensar también en la Revolución Inglesa de Cromwell, en la de Calvino en Ginebra).
El leninismo distinguía estos dos tipos de revolución llamándole a una “proletaria” y a la otra “burguesa”. Y si no encajaban en la burguesa eran “insurrecciones” o “revueltas”. Yo prefiero llamar a la primera “totalitaria (de intención)” y a las segundas dejarlas sin denominación común, porque su diversidad es grande y hay que ir caso por caso.

La derecha extrema

La derecha extrema es la derecha revolucionaria. Según esta corriente, las reglas vigentes acarrean una decadencia del orden y de las tradiciones y es necesario cambiarlas radicalmente, inclusive por la violencia, para no seguir deslizándose barranca abajo en la pendiente de la degeneración y de la corrupción de las buenas costumbres, para no perder totalmente la sustancia única del (imaginario, ficcional, mítico) ser nacional. Discurso similar ligeramente cambiado, pero igualmente apocalíptico en la variante religiosa de lo mismo. No es conservadora de las reglas, sino que propone un cambio radical de ellas, pero siempre en nombre de un orden y de una tradición, que necesitan de un remedio draconiano para sobrevivir.
Un ejemplo de este concepto puede ser el movimiento insurreccional de Francisco Franco, que enfrentó a la República Española.
El totalitarismo
La derecha totalitaria, nazi o fascista, es también revolucionaria, pero es algo aparte. El totalitarismo, fascista o comunista, es el tema del libro de Hannah Arendt, al cual me remito. Arendt osó meter en la misma bolsa al hitlerismo, al estalinismo y al fascismo, para gran escándalo de los comunistas, que se creían los enemigos mortales del nazismo. Arendt mostró el carácter propio del totalitarismo, que no puede considerarse ni de izquierda ni de derecha, aunque venga de esos lugares. El estudio de Arendt hace época, y no intentaré resumirlo aquí.

El populismo

El populismo no encaja en los perfiles que he diseñado, ni el de la izquierda ni el de la derecha.
El odio de los ricos y la agitación contra las élites se encuentra en todas las formas de populismo, aunque algunos pondrían eso en el rubro "izquierda".
Se constituye en torno a un líder y propone un discurso que toma temas de la izquierda y de la derecha según la coyuntura.
Remito a un artículo de mi blog:
https://eduardomariani.blogspot.com/2018/07/apuntes-sobre-el-populismo.html

El centro político

(fragmento de mi artículo “La destrucción del centro”)
Por centro político entendemos los sectores reformistas auténticamente democráticos y moderados. Reformistas en el sentido más amplio, porque es claro que desde el centro se pretende cambiar cantidad de cosas, todo lo que no anda bien, todo lo que es injusto para la mayoría o dañino para el país. Democráticos porque su acción se desarrolla dentro las instituciones y en uso legítimo de los derechos constitucionales; son instituciones que el centro defiende por principios republicanos, y no en función de una cierta realpolitik. Son moderados porque se mantienen a distancia de las visiones apocalípticas que pretenden arreglar los vicios e injusticias de la sociedad con cambios súbitos y draconianos, generalmente mediante revoluciones armadas o regímenes autoritarios. El centro es considerado centro izquierda o centro derecha según hacia qué lado incline sus alianzas (para llegar al poder) o sus arbitrajes (una vez en él). [...] No puede ser marxista-leninista (es decir endiosar al partido y al Estado) ni neoliberal (o sea, endiosar al mercado), aunque puntualmente promueva medidas estatistas o liberalizadoras. [...]
Se debe insistir sobre el calificativo de auténtico. Muchas fuerzas políticas intentan aparecer como de centro, ostentan carátula y pose de centristas, pero esconden la pezuña violenta y autoritaria. El tema de la impostura, de la demagogia, es fundamental porque es el modo de volver la democracia y la libertad contra sí misma, de usar la libertad para destruirla, de valerse de los recursos de la democracia para socavarla. Eso hacen los demagogos, los Perón, los Chávez. Cuando la democracia se vuelve sagrada e inatacable, llegan los populistas a continuar la obra de los fascistas.

Notas para un programa de gobierno de centro izquierda en Uruguay

La primera conquista que debe plantearse el Centro es su independencia política, cosa desesperadamente ausente en el Frente Amplio uruguayo, donde el PCU y el MPP dominan y condicionan las opciones. La independencia política del Centro (uruguayo) fue asesinada junto a Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz en Buenos Aires en 1976.
Hay que proponerse reforzar el Estado de derecho y acometer la reforma del Estado (que incluye Verdad y Justicia, naturalmente, pero muy especialmente transparencia, reducción, simplificación y agilización de la burocracia, que asfixia a las familias y a las empresas).
La reforma del Estado incluye la de las empresas del Estado, para acercarlas al derecho privado. Inversiones, control, productividad. Algunos lo llamarán privatización, pero no lo es. El Estado puede (y debe en el caso de Uruguay) conservar el paquete mayoritario de algunas. El personal empleado debe perder sus privilegios, que dividen a la sociedad uruguaya. Esto vale también para los gobiernos departamentales.
Reforma del derecho penal y de las cárceles, seguridad en los barrios, etc.
Integración social, que incluye con énfasis, pero no se agota en: protección de la infancia y de la maternidad. También: educación básica, científica y profesional, deportes, artes, música, urbanística, vivienda, etc.
Inversión en materia gris, transformación de la estructura productiva del país en ese sentido.
Desarrollo: atacar los problemas seculares de caminería, transportes, energía e integración regional, lo cual implica replantearse el famoso puerto de aguas profundas.


viernes, 27 de julio de 2018

Apuntes sobre el populismo


Resumen: La cuestión que plantea el populismo (es decir, la batalla semántica pertinente, lo que está en disputa), es la de la naturaleza de la democracia. Lo que está en juego es la legitimidad democrática de un régimen, de un gobierno o de un líder.
Sostengo que la esencia de la democracia, es decir lo que importa del régimen político que queremos, no es la “voluntad popular” sino los derechos individuales. La “soberanía popular” no es nuestra meta, sino el medio para garantizar la libertad individual y el Estado de Derecho; para luchar por la justicia y la igualdad.

¿De qué hablamos?

¿Cuando decimos “populismo”, de qué fenómenos históricos, pasados o presentes, estamos hablando?
Pensamos en la Argentina del primer régimen peronista, hasta el año 1955, en la Venezuela chavista, en la Polonia, la Hungría y la Bolivia de hoy. Algunos son considerados de izquierda (Maduro, Chávez, Evo Morales), otros de derecha o de extrema derecha (Polonia, Hungría). Lo cual, por supuesto, agrega confusión a nuestras nociones de izquierda y derecha.
Los movimientos, líderes o gobiernos que llamamos populistas tienen en común que reivindican una legitimidad democrática y derivan hacia la concentración de poder autoritario en un líder carismático; son regímenes que en su origen ganan elecciones libres, se apoyan en una fuerte movilización de los estratos menos favorecidos (pero no solamente). En su retórica son de un nacionalismo virulento, proponen sus medidas de gobierno como necesarias para el fin superior de la salvación de la nación o la felicidad del pueblo y están en agudo antagonismo, en oposición (retórica) irreconciliable con lo que sea que consideren su adversario; el pluralismo no tiene curso, no hay otros partidos legítimos, los opositores son enemigos del pueblo, el antipueblo o la antipatria; y, en general, el adversario designado es uno o varios entre: las élites, la prensa, los partidos políticos establecidos o las instituciones supranacionales.
Una vez salvado el obstáculo electoral, y habiendo ganado el gobierno en elecciones, se creen con derecho para saltar alegremente sobre los otros requisitos de la democracia. Cada caso es distinto, pero tienen en común hablar en nombre de los derechos absolutos que otorga la soberanía popular expresada en los comicios, y considerar que ello es suficiente para allanar cualquier otro obstáculo legal o moral. Sostienen que actúan en ejercicio de la legitimidad democrática. Por eso considero que enfrentar al populismo significa enfrentar una cierta idea (que considero mocha, parcial y deformada) de la democracia.
En noviembre de 2016 después de la victoria electoral de Donald Trump a la presidencia de los EE.UU. publiqué en el blog “Marrón & Azul” una entrada titulada “La democracia en peligro. Pensando con Leszek Kolalowski”. Ese autor escribe sobre los usos “fraudulentos espurios” de la palabra democracia, como en “democracia socialista” o “democracia islámica”. En particular, afirma que no es solo el gobierno de la mayoría, por ejemplo el que surge del sufragio universal, lo que alcanza para calificar a democracia; argumenta que la separación de poderes y el respeto de los derechos ciudadanos y de las minorías es por lo menos igual de importante.

Recortes de prensa sobre el populismo

Muchos historiadores, sociólogos, politólogos y periodistas han escrito y escriben en la prensa sobre el populismo de tal o cual líder o régimen. Veamos algunos ejemplos que considero significativos.

“Que el pueblo decida” o "el pueblo decidió"

En la campaña electoral por la presidencia francesa de 2017, el candidato conservador François Fillon, acusado de desvío de fondos hacia su esposa con falsos empleos, apela al "pueblo", por encima del Poder Judicial. Lo denuncia Pierre Rosenvallon:
"A tres días de distancia, el candidato de la derecha tradicional ha utilizado los argumentos de Marine Le Pen, quien criticó al "gobierno de los jueces" o el papel dañino de los medios. François Fillon afirma que el único juez es el pueblo. [...] Pero escuchar en la boca de un candidato central afirmaciones tan agresivas con respecto a la justicia y a la prensa es un evento único en Francia, ya que son el sello distintivo de la visión populista de la democracia.
Se escucha este discurso hoy en todo el mundo, en Turquía, en Rusia, en los Estados Unidos, por Putin u Orban, Trump o Erdogan. Lo que está en juego es una cierta concepción de la democracia. [...] La democracia también debe dar vida a poderes neutrales sobre los que nadie puede tocar, incluida la mayoría. Esta es la razón de ser de las autoridades judiciales y las autoridades independientes. La democracia es, de esta manera, el "poder de nadie" que ningún partido puede apropiarse. La imparcialidad juega un papel fundamental en la democracia. El representante de la gente no es solo el elegido. Los regímenes populistas se definen por el rechazo de esta pluralidad: quieren poner sus botas en los tribunales constitucionales, eliminar los cuerpos independientes, y considerar como enemigos los poderes de análisis, juicio e investigación que son los de la prensa."

La ley de Caducidad, en Uruguay, "refrendada por el pueblo"

En Uruguay, misma canción, pero en sentido inverso, con la ley de "Caducidad de la pretensión punitiva del Estado", que impide juzgar a los torturadores y desaparecedores. Se afirmaba que el referéndum, que no derogó la ley, la sacralizó, porque "el pueblo decidió".

El populismo es el germen de la tiranía -- Cachanosky

Roberto Cachanosky, 24 de julio de 2017:
"Para el populista es importante destruir el concepto de gobierno limitado e instalar la idea que el voto mayoritario da derecho a violar los derechos individuales de sectores minoritarios [...] el endiosamiento del voto ha destruido la república y los derechos individuales, llevando a los países a la pobreza y la tiranía. [...] los políticos, periodistas e “intelectuales” de izquierda han tomado el cuidado de resaltar la palabra democracia y ponerla por encima de la república. Al mismo tiempo, para ellos democracia significa que el que más votos tiene recibe el poder para hacer lo que quiere. [...] lo primero que hacen los populistas es dividir a la sociedad (lo que hoy se conoce como grieta) y convencen a la gente que unos son pobres porque otros son ricos, por lo tanto, si lo votan al político populista, él hará justicia quitándole a los ricos para darle a los pobres. [...] si el Congreso o el Judicial me ponen límites entonces los otros poderes se están levantando contra la voluntad popular que es 'sagrada'."
Sigue: "La realidad es que en una república la voluntad popular no es sagrada. Una mayoría circunstancial no tiene derecho a violar los derechos individuales de una minoría, por más minoritaria que sea esa minoría. En una sociedad libre, el voto solo sirve para elegir a un administrador que temporariamente manejará la cosa pública pero con poderes limitados, entendiendo por poderes limitados que el monopolio de la fuerza que se le otorga no puede ser utilizado para violar los derechos a la vida, la libertad y la propiedad."

El populismo es demagogia -- Maurizio Viroli

"En la teoría política clásica, el populismo está definido con otra palabra: demagogia. El populista de hoy es la versión moderna de aquello que en el mundo antiguo, moderno, fue llamado demagogo: el que tiene una gran capacidad de persuasión porque toca la pasión del pueblo, genera miedo, ambición, envidia, deseo de poder. El demagogo dice al pueblo: siempre tienes razón, mereces más, pide más. El populismo como demagogia es el enemigo más potente de cualquier orden político liberal o republicanismo, es el mal más grave que amenaza a las instituciones republicanas. El fascismo es un ejemplo de demagogia clarísimo." (Maurizio Viroli, "Maquiavelo, el patriotismo republicano")

El populismo es un sistema político-social superior al capitalismo -- Pacho O'Donnell

"[...] Es hoy muy difícil, imposible, hablar del populismo de los Kirchner sin que se sobreimpriman las horribles certezas de que su proyecto ideológico de un Estado fuerte, inclusivo, distributivo, que balanceara el poder del mercado, a lo Laclau, fue la pantalla para que algunos canallas saquearan el Estado, es decir el producto de nuestro trabajo, hasta extremos inconcebibles. [...] enorme cantidad de personas, sobre todo jóvenes, que se sintieron interpretados por medidas sociales como la Asignación Universal por Hijo, las jubilaciones extendidas, una política exterior independiente, el recelo ante los organismos financieros internacionales, que fueron continuación de las impuestas por Perón [...]
En mi caso fui sensible al apoyo a la historiografía nacional, popular, federal e iberoamericana, al llamado revisionismo histórico, que pareció por fin en condiciones de librar batalla a la siempre dominante historiografía liberal.[...]
[...] el populismo kirchnerista se empeñó en dar argumentos contundentes, irrefutables, a los enemigos de dicho sistema político, que le achacan una nuclear vocación por el autoritarismo, la corrupción, la falta de controles, el irrespeto por ejes de lo republicano y lo democrático.[...]
[...] chapotea en la mierda incomprensible de una codicia sin límites de sus más altas esferas. Y los que creemos en el populismo como un sistema político imperfecto pero superior al capitalismo debemos esperar y construir otra oportunidad." ("Visto así a la distancia", por Pacho O'Donnell, Revista Ñ, 17 de junio de 2016.)

Ernesto Laclau reivindica el populismo como construcción de una identidad colectiva

Comentario en Letras Libres del libro de Ernesto Laclau "La razón populista", por Jesús Silva-Herzog Márquez.
"Con la palabra [populismo] se ha designado una vasta variedad de experiencias políticas: un movimiento intelectual de apreciación del campesinado ruso, una organización de granjeros racistas en Estados Unidos, muchos gobiernos latinoamericanos a lo largo del siglo XX y diversos movimientos de la derecha radical en Europa. Populismos de derecha y de izquierda. [...] Ernesto Laclau se ha apartado de esa línea para delinear una compleja reivindicación del populismo. El populismo [...] es seña de la operación política por excelencia: la construcción imaginaria de un nosotros.[...]"

El secesionismo catalán: tribu, exclusión, nacionalismo y populismo

Daniel Gascón en El Mundo, el 20 de octubre de 2017:
"Lo que estamos viendo en Cataluña es algo muy antiguo: la activación de las ideas de la tribu y de la exclusión, la imposición de la visión del campo sobre la visión de la ciudad, la idea de la importancia del origen por encima de la ciudadanía, la creencia en que quienes han nacido en un lugar son mejores que los que han nacido en otro sitio, [...] El populismo contemporáneo es un estilo político, una ideología delgada que suele combinarse con otras ideologías. José Luis Villacañas lo ha definido como 'Carl Schmitt atravesado por los estudios culturales'. El secesionismo catalán, como ha explicado Aurora Nacarino-Brabo, ha unido nacionalismo y populismo."

Beppe Grillo: la democracia está superada, podría reemplazarse por un sorteo

Blog de Beppe Grillo, entrevista realizada por Ian Bremmer (27 de julio, 2018)
Beppe Grillo: "Debemos entender que la democracia está superada. ¿Qué es la democracia cuando menos del 50% va a votar? Si obtienes el 30% del 50%, sacaste el 15%. Hoy las minorías administran el país. Probablemente la democracia debe ser substituida por otra cosa, quizás con un sorteo. Pienso que podríamos elegir una de las cámaras del Parlamento así. Por sorteo. Proporcionalmente por edad, sexo, ingreso, del sur, del norte, de modo que estas personas representen de veras al país."
(http://www.beppegrillo.it/la-democrazia-e-superata/)

El populismo en el Frente Amplio uruguayo

El populismo en el Frente Amplio (FA) uruguayo toma la forma de apoyo a dictaduras populistas (Chávez, Maduro, Ortega) y a líderes corrompidos que se colocan por encima de la ley, como Lula. También aparece la veta populista en el cultivo del mito de la democracia directa, expresada en mitines, manifestaciones y movilización de las “bases”. El “pueblo en la calle” es un argumento que consideran imparable, y al que confieren resonancias revolucionarias. Muchos frenteamplistas creen que tener la manifestación más grande es como ganar las elecciones; se exige la libertad de Lula, ignorando el fallo de la justicia brasileña y argumentando que es el favorito de la próxima elección; se llama “golpe de Estado” la destitución de Dilma o de Lugo en procedimientos parlamentarios limpios del punto de vista legal. En el FA, además, se coloca a la militancia por encima del sufragio, haciendo de las “bases” (en realidad los militantes) una fuerza decisiva en la toma de decisiones por el Plenario.

La soberanía popular / La tiranía de la mayoría

Es oportuno refrescarnos las ideas sobre la "soberanía popular", uno de los tópicos preferidos del populismo y base de su argumentación; y viene al caso también recordar la mirada de Alexis De Tocqueville sobre la democracia estadounidense y las advertencias que deja sobre el riesgo de "tiranía de la mayoría".

De la soberanía de derecho divino a la soberanía popular

Bertrand De Jouvenel (1903-1987) escritor francés, fundador de la revista "Futuribles" (un neologismo que fusiona "futuros" y "posibles" para definir el objeto de la publicación) y pensador liberal, pionero de la ecología política, escribió su libro "Du Pouvoir" (Del poder) durante su clandestinidad en un monasterio y luego exilio en Suiza en la época de Segunda Guerra Mundial, con Francia ocupada por los nazis. Golpeado por el desborde de violencia de los estados totalitarios y no totalitarios que se enfrentaban en la orgía de destrucción, insumiendo una plétora de recursos materiales y humanos jamás vista antes, ("Mais voici que le Pouvoir avait pris un visage terrible et faisait le mal  avec toutes les forces à lui remises pour le bien! Comment n'aurais-je pas eu l'esprit remué par un tel spectacle?" pág.6) reflexionó sobre el Estado, su fundamento, su desarrollo histórico y su dinámica. Su autor lo define como "una meditación sobre la marcha histórica a la guerra total", y fue publicado por primera vez en Ginebra en 1945.
De este libro, que vale la pena leer en su totalidad, pero que cae fuera del foco de este artículo, citaré lo que se refiere al fundamento de la soberanía del Estado, para situar a la "soberanía popular" en su concepción y origen.
La "soberanía popular" es heredera ilustrada de la "soberanía de derecho divino": "De manos de Rousseau la teoría de la Soberanía Popular presenta un paralelismo bastante evidente con la teoría medieval de la Soberanía Divina". Una y otra admiten un derecho ilimitado de comando que no pertenece de derecho a los gobernantes, sino a una potencia superior, Dios o el Pueblo, que está impedida por su naturaleza de ejercerlo por sí misma. Los mandatarios, ¿serán fieles a sus mandantes? Vemos que terminan por reclamar que resumen en sus personas la voluntad divina, como Luis XIV, o la voluntad popular, como Napoleón.
Los cuerpos de control son, en el sistema de soberanía divina, la Iglesia, en el de la soberanía popular, el parlamento. Lo cual provoca interminables conflictos.
Se entrevé, dice De Jouvenel, que de la soberanía popular puede surgir un despotismo más acentuado que de la soberanía divina. Pues un tirano, razona, individual o colectivo, que por hipótesis haya logrado usurpar una u otra soberanía, no podría autorizarse de la voluntad divina, la cual se presenta bajo el aspecto de una ley eterna, inmutable, para hacer lo que se le antoje. En cambio, la voluntad general no es fija por naturaleza, sino móvil. Se la puede hacer hablar en leyes sucesivas y cambiantes. El poder usurpador tiene, en este caso (soberanía popular) la manos más libres.Y "la libertad del poder se llama Arbitrariedad". ("Du Pouvoir" Editions Hachette, 1972-1977. Chapitre Deuxiéme "Les théories de la Souveraineté", pp. 71-84 "La Souveraineté Populaire Démocratique".)


La tiranía de la mayoría - Alexis de Tocqueville

Alexis de Tocqueville viajó a conocer los Estados Unidos de Norteamérica en una misión oficial francesa, acompañado de un amigo y colega, en 1831. Su objeto era estudiar el sistema de cárceles, pero sus investigaciones fueron más allá. Publicó, a partir de 1835, dos tomos de observaciones y análisis del sistema político estadounidense que tituló "De la démocratie en Amérique". (Uso la edición Bouquins de Robert Laffont de 1986.)
Recordemos que los Estados Unidos eran en esa época el paradigma de la democracia en el mundo, y que el ejemplo estadounidense inspiró también a los próceres latinoamericanos.
El de Tocqueville es un análisis penetrante de las características del sistema político estadounidense, que no deja lugar para ilusiones o utopías; en especial es profético su análisis de la esclavitud y de la población de origen africano en el capítulo "Position qui occupe la race noire aux Etats-Unis" página 316.
Nos interesan para el tema del populismo las observaciones que titula "Tyrannie de la majorité" [Tiranía de la mayoría] en la página 242.
De Tocqueville advierte contra el gobierno de la mayoría que se convierte en tiranía sobre la minoría, y sostiene que hay un derecho superior que limita el de la mayoría de cualquier pueblo determinado, y que lo inhibe de decisiones contrarias a la justicia.
Cito, traduciendo libremente, de las pp. 242 a 244:
"Considero como impía y detestable la máxima según la cual, en materia de gobierno, la mayoría de un pueblo tiene el derecho de hacer todo [...] Existe una ley general que ha sido hecha o por lo menos adoptada, no solamente por la mayoría de tal o cual pueblo, sino por la mayoría de todos los hombres. Esa ley es la justicia.
La justicia es pues el límite del derecho de cada pueblo."
Más que a la justicia establecida por una ley no escrita, votada por una asamblea imaginaria, nosotros apelaríamos hoy a la Declaración Universal de los Derechos Humanos adoptada por la Asamblea General de la ONU en 1948. De Tocqueville continúa, más adelante dice:
"[...] La omnipotencia me parece en sí una cosa mala y peligrosa. Su ejercicio me parece por encima de las fuerzas del hombre, quienquiera que sea, [...] Entonces pues cuando veo acordar el derecho y la facultad de hacer cualquier cosa a una potencia, que se llame pueblo o rey, democracia o aristocracia, que se ejerza en una monarquía o en una república, digo: allí está el germen de la tiranía [...]
Lo que más reprocho al gobierno democrático, tal como está organizado en los Estados Unidos, no es, como muchos pretenden en Europa, su debilidad, sino, al contrario, su fuerza irresistible. Y lo que más me repugna en Estados Unidos, no es la extrema libertad que allí reina, sino la poca garantía que se encuentra contra la tiranía."

Populismo y fascismo. Finchelstein

Extractos del libro "Del Fascismo al Populismo en la historia" (Taurus 2017) de Federico Finchelstein.
"El populismo es una forma de democracia autoritaria que originalmente surgió como una reformulación de posguerra del fascismo." (p.115)
Prólogo (pp.15-16):
"El populismo moderno nació del fascismo. [...] los primeros regímenes populistas latinoamericanos de posguerra se apartaron del fascismo, al mismo tiempo que conservaban rasgos antidemocráticos decisivos [...]"
"Con la derrota del fascismo nació una nueva modernidad populista. Tras la guerra, el populismo reformuló el legado del 'antiiluminismo' durante la Guerra Fría, y por primera vez en la historia se completó, es decir, accedió al poder. Hacia 1945 el populismo había llegado a representar una continuación del fascismo, pero también una renuncia a ciertos aspectos dictatoriales determinantes. El fascismo postulaba un orden totalitario que produjo formas radicales de violencia política y genocidio. En cambio, y como resultado de la derrota del fascismo, el populismo intentaba reformar y modular el legado fascista en clave democrática.[...] Para acceder al poder, el populismo de posguerra renunció a sus fundamentos prodictatoriales de entreguerras, pero no dejó al fascismo del todo atrás. Ocupó su lugar mientras se convertía en una 'tercera vía' entre el liberalismo y el comunismo."
"En términos históricos, el populismo puede ser una fuerza reaccionaria que empuja a la sociedad a una modalidad más autoritaria, pero en sus variantes progresistas también puede iniciar o promover un proceso de democratización [...] Con respecto a la izquierda, y en particular a la pretensión de la izquierda populista de representar a la izquierda toda, no conviene mezclar la participación cívica masiva y los reclamos populares por la igualdad social y política con una situación de populismo. Ahistóricos, los expertos suelen confundir democracia social, política progresista y populismo. Uno de los objetivos de este libro es ubicar claramente al populismo en la historia y subrayar también la necesidad de distinguirlo de otras formas emancipatorias y democráticas que con demasiada frecuencia son rechazadas por populistas."

Linaje filosófico del populismo: Carl Schmitt, Laclau, Podemos

Cuando leemos sobre populismo vemos aparecer a menudo ciertos nombres, como Carl Schmitt y Ernesto Laclau. Los reseñamos al pasar, sin pretender profundizar en cada uno, pour mémoire.

Carl Schmitt

Carl Schmitt (1888-1985) fue un filósofo y jurista alemán, considerado una referencia en teoría política aún en la actualidad. Ni siquiera su activa colaboración con el régimen nazi lo desbancó de su posición de pensador influyente en su ramo.
La fascinación de los intelectuales por el poder, su intento de conquistarlo, y su sumisión obsecuente es el tema que trata Mark Lilla, en su libro "The Reckless Mind - Intellectuals in Politics" (La mente temeraria, los intelectuales en política) NYRB, New York 2001.
Mark Lilla llama a su ensayo principal "The Lure of Syracuse" (La tentación de Siracusa), aludiendo a la fallida aventura de Platón en Siracusa, adonde fue para instruir al dictador Dionisio el Joven, soñando con un gobierno de los filósofos.
Inspirado por el poeta polaco Czeslaw Milosz, quien escribió "La mente cautiva" sobre la sumisión de los intelectuales al poder comunista, Mark Lilla pasa en revista a diferentes filósofos, con diferentes relaciones con el poder dictatorial, algunos buenos servidores del dictador, otros opositores (pero predominan los servidores).
Entre ellos (los servidores del dictador) se destaca Carl Schmitt, tratado en las páginas 49 a 76 del libro de Lilla.
Se afilió al partido nazi el primero de mayo de 1933, siendo profesor en la escuela de leyes de Colonia. Era ya un prominente teórico antiliberal, y ya había defendido los poderes de emergencia ante la Corte Constitucional en 1932, impresionando mucha a la jerarquía nazi.
Cuando los nazis llegaron al poder lo invitaron a incorporarse como asesor legal del régimen, y Schmitt aceptó, a partir de entonces fue llamado por los periódicos el "jurista de la corona" (crown jurist).
Como otros intelectuales alemanes, incluyendo a Martin Heidegger y Ernst Jünger, Schmitt defendió públicamente al régimen nazi en los primeros tiempos del Tercer Reich. Pero fue más lejos que los demás, convirtiéndose en un dedicado y comprometido abogado del régimen. Escribió panfletos defendiendo el principio del Führer, de la prioridad del partido Nacional-Socialista, del racismo. Cuando en junio de 1934 Hitler descabezó a las S.A., matando entre otros a un amigo cercano de Schmitt, éste escribió un panfleto sosteniendo que el acto de Hitler era en sí mismo la más alta justicia.
Sus rivales consiguieron desalojarlo de las posiciones de poder, pero siguió enseñando en Berlín hasta el final de la guerra.
Fue interrogado por los rusos y por los estadounidenses, se defendió sosteniendo que había querido influir sobre Hitler con su propia versión del nacional-socialismo, y fue liberado por unos y otros. Nunca se arrepintió, y siguió siendo antisemita siempre.
Pero no fue olvidado, sino que se volvió cada vez más influyente. Su tratado de doctrina constitucional de 1928 sigue siendo considerado un clásico en el tema.
Su concepción de lo político distingue el pensamiento de Schmitt. Para él, así como la moral distingue el bien y el mal, y la estética lo bello y lo feo, la distinción pertinente en política es entre amigo y enemigo. Definir, identificar al enemigo es identificarse a sí mismo.

Ernesto Laclau

Ernesto Laclau (1935-2014), escritor y filósofo argentino.
Es Laclau quien reivindica el populismo, especialmente en su libro "La razón populista"(2005). Estuvo vinculado al kirchnerismo, y es una referencia del posmarxismo. A su vez, Louis Althusser y Antonio Gramsci son sus referentes principales.
La filiación con Carl Schmitt no es explícita, sino que se lee en filigrana en su obra. Se puede consultar el estudio de Alina Borovinsky "Las huellas de Carl Schmitt en el pensamiento político de Ernesto Laclau....".
La idea de Laclau que remite a Carl Schmitt es la del antagonismo como creador de una identidad colectiva.
Laclau piensa que la incorporación de las masas marginadas al proceso político -- como tales masas, no como individuos -- es la democratización de la sociedad.

Podemos, la guerrilla de salón

El artículo de Enrique Krauze en El País de España,  "El narcicismo de Podemos", lo dice todo. Lo cito in extenso:
"Solo en el claustro universitario podía surgir la 'producción teórica' que hiciera posible una 'izquierda realista'. Al sobrevenir la crisis financiera global, el 'vaciamiento' de las soberanías estatales europeas y la indignación social por los casos de corrupción en las elites políticas, España tuvo la fortuna de contar con 'el conocido grupo de docentes e investigadores de la Universidad Complutense de Madrid', que integraría Podemos."
[...]
"Por un lado, había que absorber la obra del filósofo Ernesto Laclau (principal teórico del populismo en Latinoamérica). Por otro, había que 'pensar políticamente en clave televisiva', objetivo que se logró con los programas La Tuerka y Fort Apache, nuevos 'partidos' que trasladaron la política del Parlamento a la televisión. Esos programas —revelaba Iglesias— fueron la escuela que 'nos formó para el asesoramiento en comunicación política que desarrollamos paralelamente en España y América Latina'."
[Nota: Podemos se financió con la generosa remuneración que recompensó su asesoría a Chávez: siete millones de euros.]
"Para refutar a Iglesias, alguien señaló lo mucho que Laclau debe a Carl Schmitt, teórico del nazismo, experto en la 'dicotomización', que veía la historia como el escenario de dos fuerzas: 'Amigo' y 'enemigo'. (Traducción para España: por un lado 'el pueblo', representado por Podemos, representado por Iglesias; por otro el 'no pueblo', representado por todas las otras formaciones políticas). Pero a estas alturas esos reparos intelectuales son lo de menos. Ahora, la mejor refutación de la teoría de Podemos está en la espantosa realidad en la que viven 'el hombre, el humano, la mujer, la niña, el niño' en la Venezuela creada por el chavismo, una devastación sin precedente en América Latina, comparable a la provocada en Zimbabue por Robert Mugabe."
[...]
"Los líderes de Podemos han escalado el poder con credenciales del saber. Son capitalistas curriculares. Son guerrilleros de salón. Desde los peligrosos cañaverales de la Complutense, construyeron teorías contra el poder democrático financiados por el poder revolucionario. Del ciudadano español depende desenmascarar su inanidad teórica, su inexperiencia práctica, su vasta mentira, su mala fe."

lunes, 9 de octubre de 2017

Se encontraron frente a frente nacionalismo y patriotismo


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El golpe secesionista

Hoy (8 de octubre 2017) se vio en Barcelona una gigantesca manifestación proclamando “recuperem el seny” o sea, recuperemos la sensatez, en la cual participó un millón de personas agitando banderas catalanas, españolas y europeas, que escuchó un discurso del Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa y del expresidente del parlamento europeo Josep Borrell, entre otros. Los catalanes no secesionistas se hicieron masivamente presentes y nadie podrá fingir que no existen.
Mientras media Cataluña manifestaba contra la secesión, las empresas con sede en Cataluña huían, tratando de poner a salvo los muebles de la furia independentista y de instalar su sedes en otros lados antes de quedar afuera de Europa y del euro. “Esta semana se ha dado uno de los mayores golpes al proceso independentista con la marcha de las sedes sociales del segundo y del quinto banco español, CaixaBank y Sabadell. El movimiento deja sin entidades relevantes radicadas en Cataluña, una comunidad que tenía 11 entidades domiciliadas en 2009”, se lee en El País de hoy.
La independencia perjudicará a Cataluña, y ya lo está haciendo, de muchas maneras distintas. Quedaría fuera de la Unión Europea, así como fuera de los tratados que le permiten hoy comerciar con las otras naciones de Europa y del mundo; fuera del euro, sin moneda, sin el paraguas del Banco Central Europeo (BCE); fuera del Espacio Schengen, que permite la libre circulación de personas. Una ruina, una catástrofe económica y política, que los secesionistas se empeñan en negar, sordos a las advertencias de las autoridades que les repiten que la ruptura con España es la ruptura con Europa, donde están porque son parte de un país miembro.
De lo que resulta que el proyecto nacionalista no solo ignora a más de la mitad de la ciudadanía que no votó a los partidos independentistas; no solo viola la ley constitucional que le da vida al estado autonómico catalán; sino que conduce Cataluña a la ruina, y le provoca grandes pérdidas al resto de España y de Europa.
Se ha visto más de una vez en la historia que los proyectos nacionalistas desangran y arruinan a los pueblos que los portan. Esperemos que esta vez “recuperem el seny”, prevalezca el buen sentido.

Nacionalismo y patriotismo

En Cataluña, en España y en Europa, se dan enfrentamientos, por ahora cívicos y no armados, entre corrientes nacionalistas excluyentes, etnicistas, particularistas contra corrientes políticas que defienden la unidad europea, las fronteras abiertas, el comercio libre, las uniones supranacionales y la libertad de movimiento, junto a la pertenencia a la UE y la apertura al mundo. Movimientos que se identifican con las instituciones que garantizan las libertades y el goce de los derechos.
Los primeros se pueden calificar de nacionalistas, a los segundos podemos llamarlos patrióticos.
A menudo se confunde “patriota” con “nacionalista”, pero no es lo mismo, como lo explica muy bien Maurizio Viroli en varios de sus libros, especialmente en “Per amore della patria. Patriottismo e nazionalismo nella storia.” (Laterza 1995). Una frase tomada del discurso de Emmanuel Macron en la noche de la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas ilustra nuestra posición en este asunto: dijo "Je veux être le président des patriotes face à la menace de nationalistes".
Mario Vargas Llosa, en su discurso al acabar la manifestación ha advertido: el nacionalismo "ha llenado la historia de Europa, del mundo y de España de guerra, sangre y cadáveres".

La marcha sobre Roma de Benito Mussolini

Y esto me lleva a preguntarme: ¿Por qué el separatismo catalán, y los acontecimientos del 1º de octubre me recuerdan la marcha fascista sobre Roma y la toma del poder por Mussolini?
¡Son a primera vista tan distintos! Ni camisas pardas ni canciones imperiales, los separatistas catalanes no son un movimiento paramilitar, integrado por machos prepotentes y uniformados, es cierto.
Sin embargo, hay un tufillo fascista en el fanatismo secesionista catalán. La voluntad de una minoría bullanguera atiborrada de certezas, esgrimiendo agravios imaginarios, buscando su unidad en el odio; la voluntad, digo, de imponerse a la mayoría que no comulga con sus extremos, sí hace pensar en el precedente de 1922.
Persiguen, gritan, abuchean, escrachan. Los partidos no secesionistas son asediados, necesitan custodia policial para sus desplazamientos. Los no separatistas son insultados, tratados de “fachas” y de “franquistas”.
Los secesionistas son una minoría, y quieren imponerse a la mayoría que desea seguir siendo parte de España -- una parte autónoma y con sus propias instituciones, como lo es -- por los hechos consumados, utilizando las palancas que unas elecciones donde el secesionismo fue minoritario pusieron en sus manos, vía la ley constitucional que hoy violan.
Es un golpe de Estado y una violación de la Constitución española de 1978, gracias a la cual están en el gobierno de Cataluña, gobierno que hoy utilizan para declarar la “Independencia”.
Como en 1922, cuando Mussolini se hizo con el cargo de Premier del Reino de Italia, llevado en la cresta de la ola fascista de la Marcha sobre Roma, de una manera en apariencia legal, cargo desde el cual después ejerció la dictadura, ya sabemos con qué resultado. Y no nos engañemos, el fascismo también era muy popular, tenía muchos seguidores de todas las clases sociales, pero no era democrático, era nacionalista, imperialista, y no era mayoría. Era sí, el más organizado, el más violento, el más fanático.
Una minoría que se impone a una mayoría usando las instituciones (parlamento, gobierno autonómico, policía local), la calle y las manifestaciones multitudinarias, violando la ley, es un “pattern” que podemos reconocer, no es solamente el del fascismo de Mussolini, es también el de las “democracias populares” de Europa del Este de fines de los 40, en los países ocupados por el Ejército Rojo. El mismo método, conceptualmente.
La diferencia es que en el caso catalán se valen de las instituciones autonómicas utilizadas ilegalmente para los fines secesionistas.
Los fines son viles: cesar de sostener a los más pobres que ellos, es decir, lo mismo que querrían hacer los leguistas del norte de Italia, por ejemplo. Es también, aunque lo niegan, un ataque a las instituciones europeas. “Romper España es romper Europa” dijo Manuel Valls, y es así.


[Ya he escrito sobre nacionalismo y patriotismo en varias entradas del blog:

lunes, 3 de julio de 2017

El Observador y la credibilidad del sistema político

"El vuelo público que ha tomado el caso del vicepresidente Raúl Sendic renueva dudas ciudadanas sobre la credibilidad del sistema político [...]
También el Frente Amplio se ha equivocado al tratar de soslayar esos errores, como lo ha hecho en su oposición a comisiones parlamentarias que investiguen denuncias y en el intento de apresurar la derogación del delito de abuso de funciones. Todos los partidos están de acuerdo en eliminarlo, porque la vastedad imprecisa de su texto se presta a arbitrariedades, como ha ocurrido más de una vez en el pasado reciente. Pero es claramente inoportuno hacerlo a las apuradas en el momento actual, debido a las fundadas sospechas de que se procura favorecer a conspicuos dirigentes del oficialismo que están bajo la lupa judicial, como ocurre con Sendic, el exministro de Economía Fernando Lorenzo y el expresidente del Banco República Fernando Calloia."

Estoy casi de acuerdo con la primera frase, salvo en que no creo en que sea una "equivocación" del FA negar las comisiones investigadoras sobre los negocios con Venezuela o las tupabandas, más bien me parece un intento de barrer para abajo de la alfombra y patear la pelota para adelante. Otra cosa es la derogación del vago delito de "abuso de funciones".

A la larga, lo que más mina la credibilidad del sistema político es hacer leyes equivocadas -- leyes inconstitucionales, como la Ley de Caducidad; leyes que cobijan la arbitrariedad, como el Abuso de Funciones; leyes ruinosas, de consecuencias incalculables, como la que ocasionó la deuda con los funcionarios del Poder Judicial -- aunque la corrupción y la inepcia de los dirigentes, como en el caso Sendic, le agregan unos cuantos cucharones de caldo a la sopa del descreímiento.

Sin embargo, no hay que olvidar que el periodismo forma parte del sistema que hace marchar nuestra democracia. No es saludable que un cotidiano principal de nuestra capital, como El Observador, editorialice apoyando o defendiendo una ley que reconoce que "se presta a arbitrariedades", simplemente porque haya sido utilizada para procesar a adversarios políticos. Esa postura también desgasta la "credibilidad" del sistema político: una prensa sectaria que apoya las arbitrariedades si se perpetran contra sus adversarios.

Al pasar, hago notar que Sendic no ha sido procesado por esa ley ni por ninguna otra. Y también de paso, que Amodio sí fue procesado rápidamente, lo que pone signos de interrogación sobre el andamiento del propio Poder Judicial.


Hasta ahora, frente a la masa de evidencia de ruina y de abuso por parte de la dirigencia de ANCAP, con Sendic al frente, la Justicia no ha hecho más que "investigar". ¿Qué esperan? Eso tambíén erosiona la confianza de la ciudadanía, que reclama una sanción severa, proporcional al daño que ocasiona el vaciamiento de una empresa pública, es decir, de todos.

miércoles, 28 de junio de 2017

Macron: la moderación revolucionaria y los nuevos clivajes

La de Emmanuel Macron, nuevo presidente de Francia, es una moderación revolucionaria, sostiene Jean François Kahn (en adelante: JFK) en su artículo “Macron: superar los clivajes, pero hasta el fondo”. (1)
Parece una paradoja, un oxímoron, una contradicción. Pero en la actual coyuntura política uruguaya, que nos tiene arrinconados entre el agotamiento del Frente Amplio y la ausencia de propuestas de los demás partidos, el tema merece reflexión. El planteo de JFK es, al mismo tiempo (“au même temps”, como le gusta decir a Emmanuel Macron), un elogio de la moderación y un llamado a la radicalidad.

Preconizo, dice JFK, una superación de los clivajes obsoletos, dinamitar la bipolaridad asfixiante. (“[...] je préconise [...] une recomposition idéologico-politique, un dépassement des clivages obsolètes, le dynamitage d'une bipolarité asphyxiante.” )

La superación de la bipolaridad izquierda-derecha, representada por la sucesión de naufragios presidenciales,  primero el de Nicolás Sarkozy por la derecha, y luego el de François Hollande por la izquierda, es una necesidad, sí, sostiene JFK, pero pone condiciones para que esa superación resulte en una mejora de la sociedad. La condición es que se ataquen todos los falsos clivajes y se pegue fuerte en el más importante, en el verdadero, según él: el que existe entre el liberalismo y el neoliberalismo.

Elogio de la moderación

La historia nos enseña que son los moderados quienes empiezan las revoluciones. Eso es lógico, dice JFK, porque los moderados son, por definición, quienes se rebelan contra los excesos: exceso de opresión, exceso de injusticia, exceso de malgoverno, exceso de endeudamiento, de déficits, de desocupación, de división nacional. Y abunda en ejemplos convincentes: Mirabeau (1789), Thiers (1830), Lamartine (1848), Gambetta (1870), Washington (colonias británicas 1777), revolucionarios ingleses de 1688, Francisco Madero (México, 1911). [Yo agregaría a Sun Yat-sen en China, 1911, y el Fidel Castro de 1958-59. Etc.]
Los revolucionarios, en cambio, llegan después y siempre lo estropean todo. Los ejemplos históricos abundan también. Como Lenín, el ejemplo paradigmático, que dio el golpe de estado de octubre de 1917, después que la revolución rusa de febrero de ese año depuso al Zar e instauró una República. Lenín sentó las bases del estado totalitario estalinista, y formuló la ideología que dominaría los movimientos totalitarios comunistas del siglo XX hasta nuestros días. Hoy, en nuestro país, un grupo político del FA nombra a su lista en memoria de aquel golpe de estado nefasto, que en el calendario gregoriano fue el 7 de noviembre de 1917 (711).
Que los moderados estén en el origen de las revoluciones es un hecho que puede aparecer paradojal, sin embargo recordemos los nombres contemporáneos que refuerzan esta afirmación: Vaclav Havel, Lech Walesa, Spinola, Adolfo Suárez, Cory Aquino, Violeta Chamorro.
Para JFK, la irrupción del moderado Macron es revolucionaria en el paisaje político francés, porque implosionó el Partido Socialista, dividió a la derecha y frenó el avance del Frente Nacional (FN) de Marine Le Pen, superó radicalmente la bipolaridad que había bloqueado durante años la vida política de la sociedad francesa.

Convergencias que desbloquean

Para JFK, el antagonismo derecha-izquierda en las vivencias sociales y en la sensibilidad es un invariante, y no desaparecerá, forma parte del ADN social y político francés. Pero en su forma mentirosa, inadecuada, fraudulenta y paralizante que había alcanzado, se hizo trizas. Esto me lleva a pensar en el país nuestro. ¿Qué le queda de izquierda al FA, que apoya a las dictaduras de Maduro y de los Castro? Pero, ¿cómo se sale de ese bloqueo, sin caer en los viejos esquemas conservadores de los partidos que se creen “fundacionales” o en minorías testimoniales?

La solución, JFK la sugiere por el lado de las convergencias interclasistas o interpartidarias, y pone como ejemplos franceses a De Gaulle, al Conseil Nationale de la Résistance durante la Segunda Guerra Mundial con Francia ocupada, a la alianza en 1789 del Tercer Estado y la fracción progresista de la  nobleza, la convergencia en 1830 de monárquicos liberales y republicanos. Recuerda la acción de Pierre Mendès-France, que en los años 50 sacó a su país de Indochina, preparó la independencia de Túnez y cayó por sus intentos anti colonialistas. El bloque contra bloque del Frente Popular de 1936, en cambio, aunque permitió algunos avances, desembocó en la infame capitulación de Munich y en el colaboracionismo derechista de Pétain.

Cuidarse de las falsas oposiciones, dualismos y clivajes

Para salir del bloqueo actual derecha-izquierda (en nuestro país pensamos con consternación en encontrarnos de nuevo ante la alternativa Mujica-Lacalle) hay que evitar caer en nuevas falsas oposiciones, fáciles de formular, pero que no resisten un análisis.
Para algunos, el clivaje derecha-izquierda ha estallado, pero ha sido sustituido por otros, como apertura-cerramiento, Europa-Nación, los de arriba y los de abajo, o los que aceptan la mundialización y los que la rechazan.
Falsos dualismos o clivajes, dice JFK. Al analizar cada una de ellas, comprendemos que no podemos ni fiarnos ni entregarnos a ninguno de los polos de esas dualidades, entendemos que el buen sentido no cabe entero en ninguno de los extremos de estas disyuntivas.
Por ejemplo la falsa dualidad Europa o Nación, la que plantea Marine Le Pen, adversaria de la Unión Europea, que opone a la nación francesa. Dice JFK que la Unión Europea no puede ser más que la unión de naciones, que la Unión se construye con las naciones, no disolviéndolas, que la verdadera unión engrandecerá a las naciones, que no las disolverá. La oposición ‘conservador-progresista’ no es menos engañosa. Porque en algunos casos la conservación es la opción deseable, en otros casos es el progreso. Queremos conservar las instituciones republicanas y la armazón solidaria de la sociedad, queremos evitar las catástrofes potenciales del progreso, como la contaminación ambiental, el cambio climático, la destrucción atómica, el arrasamiento de la privacidad o la vigilancia universal con las nuevas tecnologías. Somos conscientes de que el progreso engendra peligros y que hay valores e instituciones que debemos luchar para conservar. Y el progreso tiene sus promesas de avances en salud y conocimientos, que no podemos ni queremos descartar o subestimar. El progreso puede ser salvar al Planeta, y también puede ser perderlo. La ingenuidad “progresista” ya no es de recibo, las cosas son más complejas y el de “conservador-progresista” es un falso clivaje.
JFK refuta igualmente la opción modernidad-arcaísmo, afirmando que un sinnúmero de valores de nuestras tradiciones deben ser cultivados y defendidos, y que todo lo viejo no es para tirar.
La oposición entre seguridad y libertad, otro falso clivaje. La seguridad es una condición de la libertad, sin seguridad no hay libertad. Ni queremos ni podemos renunciar a ninguna de las dos.
Sí son válidos los clivajes básicos: verdadero o falso, justo o injusto, y a ellos debemos remitirnos siempre.

El clivaje verdadero: liberalismo contra neoliberalismo

El clivaje liberal - antiliberal es uno al que una cierta izquierda suele hacer referencia constante. Como sabemos, “liberal” es un calificativo denigratorio que la izquierda del FA dirige a sus adversarios, con pertinencia o sin ella.
Otra equivocación, el verdadero clivaje es otro. Para JFK, la oposición, el clivaje fundamental no es entre el liberalismo y el antiliberalismo, sino entre el liberalismo y el neoliberalismo. “Es decir [la oposición] entre la pluralidad creadora del libre mercado y un modo de dictadura oligárquico-financiera de hecho; la oposición entre la verdadera libertad de emprender y el derecho concedido al gran capital de ahogar la libertad de emprender (para controlar los mercados). El neoliberalismo es, de alguna manera, al liberalismo lo que el leninismo fue al socialismo democrático: [...] una reinvención del comunismo sobre la base de la privatización universal.”
Dice JFK:
“Nada, de hecho, sería más liberal que la promulgación de una ley antitrust, una lucha contra los abusos de posición dominante y de los acuerdos ilícitos; una restauración de la competencia en los sectores en los que ha sido ahogada; una protección de los productores, [...] Pregunta: ¿rehusar estas formas de auténticas liberalizaciones sería un gesto de izquierda? ”
En otras palabras, la izquierda democrática debe ser auténticamente liberal, contra los empujes neoliberales que llevan a una dictadura monopolística del gran capital. Para ello puede encontrar aliados en la derecha para llevar adelante un política de centro radicalmente reformadora. Es lo que, a los ojos de JFK, encarna Macron.


Ahora o nunca


Para terminar, JFK explica que esta oportunidad de reformar la sociedad y la política francesas es la última, que en Francia se está llegando al combate decisivo, pero eso es tema para otro día, para otro artículo.



miércoles, 14 de junio de 2017

La reforma del mercado de trabajo de Macron

Emmanuel Macron, nuevo presidente de Francia, hizo su campaña ganadora sobre dos temas principales: 1- la pertenencia a, y el reforzamiento de, la Unión Europea, y 2- la reforma del mercado de trabajo. Ambos temas eran el blanco de los ataques más furiosos de sus rivales, respectivamente de derecha y de izquierda. Por la izquierda: ya el anterior presidente François Hollande había sido puesto en jaque por un amague de reforma del código laboral, y sufrido un deterioro sin precedentes de su prestigio y de su popularidad como consecuencia de las huelgas y las manifestaciones sindicales. Por la derecha, Marine Le Pen basaba su campaña electoral en la reacción friolenta de los franceses a la mundialización, representada para muchos por las instituciones de la UE, con sus fronteras abiertas y su libertad interna de movimiento y comercio.
De frente a esos dos ataques, Macron redobló la apuesta. Se afirmó pro europeo sin reservas. Y la reforma del mercado de trabajo fue puesta a la cabeza de su programa y de su campaña electoral, a pesar de ser la bête noire de la izquierda política y sindical. Entre las dos vueltas de las elecciones presidenciales, el candidato de la izquierda extrema, Jean-Luc Mélenchon, le ofreció su apoyo a condición de que renunciara a ella. Macron públicamente rehusó. La modificación del código laboral, la reforma del mercado de trabajo fue el centro de la campaña y del programa de Macron, que ahora se apresta a cumplir.
Veamos de qué se trata.

El problema: la desocupación

Hace años que Francia se debate con el problema de la alta tasa de desocupación, la gente que busca trabajo y no lo encuentra. Este problema tiene un enorme costo para la sociedad, tanto moral como financiero. Hay un gran aparato de protección de los desocupados, que sin embargo no puede impedir que un cierto número importante al fin y al cabo llegue al término de sus derechos y quede al margen de la sociedad. Es un drama que viven los trabajadores franceses, que fragiliza sus vidas y amarga la existencia de muchos.
Sucesivos gobiernos han ensayado distintas soluciones, los candidatos han prometido siempre atacar el problema y resolverlo, pero ninguno lo ha logrado. Hoy la desocupación llega a 9,5 %, y es el punto más bajo en cinco años.

¿Qué es lo que anda mal?

El análisis que hace Macron, y del que resultan las líneas de su reforma, es el siguiente:
Lo que hace obstáculo a la creación de empleo no es ni el sistema de seguro de salud que cubre a la gran mayoría de la población ni la protección del medio ambiente, lo que disuade a las empresas de reclutar es que el despido de un trabajador es casi imposible o muy caro, prohibitivo. Esto hace que las empresas eviten contratar gente.
En Francia, los despidos individuales y las reducciones de personal solo pueden ocurrir en condiciones específicas, limitadas. Negligencia grave para los individuos, o razones económicas para la reducción de personal. Las razones económicas quedan al arbitrio de un juez que decidirá si los despidos están justificados o no. Los jueces tienen mucha latitud para decidir. En caso de despido injustificado, las indemnizaciones que se deberán pagar pueden ser muy altas, y de hecho la ley no pone tope al monto de estas, lo que resulta en riesgos potencialmente ilimitados para las empresas.

En este sistema las grandes empresas se desempeñan mejor que las chicas, porque tienen abogados y especialistas laborales en sus planteles. Pero las pequeñas son las más generadoras de empleo.

¿Qué va a cambiar?

Estas son las cosas que propone cambiar el programa de Emmanuel Macron, se liberaliza el despido, se pone tope a las indemnizaciones atribuidas por despido injustificado, y el seguro de paro podrá ser cobrado también por aquellos trabajadores que renuncian en sus empleos, para favorecer la movilidad y la toma de riesgos.

Cambio en el financiamiento

Pero no se queda allí: junto a una mayor latitud para las reducciones de personal, Macron propone un cambio en el financiamiento del sistema de protección de los desocupados. Este pesa hoy abrumadoramente sobre las espaldas de empleados y empleadores, bajo la forma de descuentos del salario y cargas por empleado para las empresas. Hoy, un cuadro superior (ingeniero, gerente, administrador) que gana 75 mil euros nominales al año, cuesta 118 mil a su empresa y recibe en la mano 47 mil; mientras que el mismo en el Reino Unido cuesta 89 y recibe 52. Es decir, la carga de la seguridad social reposa sobre los hombros de las empresas y de los trabajadores individuales, y Macron propone que se saque de allí y se hagan cargo los impuestos en general, de modo de dejar más libertad a las empresas y mejorar el salario. Hay que ver cómo se lleva esto adelante, porque no es fácil hacer los números para que todo esto cierre y la sociedad lo acepte.

Acuerdos por empresa

El sistema actual favorece a las grandes empresas, multinacionales o no, que tienen los medios legales y técnicos para navegar la selva burocrática y jurídica de la ley francesa. Pero se sabe que son las pequeñas y medianas empresas las más generadoras de empleo. Simplificar los trámites, aligerar las cargas impositivas, es un imperativo para promover el empleo. Que sea más fácil emprender, hacer negocios, tomar y dejar empleados.
Agrava esto la ley que establece que los acuerdos nacionales negociados por los sindicatos por rama de la industria, son válidos y obligatorios para todas las empresas por encima de los acuerdos particulares por empresa. Ello establece escalas salariales, precio de horas extras, horarios, beneficios, etc., rígidos y obligatorios para todas las empresas de la rama industrial, cualquiera sea su tamaño y giro de negocio.  El programa de Macron propone invertir esta jerarquía, dando a los acuerdos por empresa validez por encima de los acuerdos por rama.

El mercado de trabajo a dos velocidades

El sistema actual ha generado también un mercado de trabajo a dos velocidades; por un lado un puñado de trabajadores con contrato sin término, sean funcionarios públicos o privados, que están seguros y protegidos en sus empleos, porque despedirlos es casi imposible o muy caro; y por otro lado una gran masa, cada vez mayor, de trabajadores, sobre todo jóvenes, que alinean contratos de corta duración, que cambian constantemente de empleo y que no pueden hacer planes de carrera. Uno de los puntos centrales del programa de Macron es extender la protección social a estos trabajadores precarios o independientes, reconocer su existencia, aceptar que el trabajo independiente ha llegado para quedarse, y hacer de modo que se integre al sistema y a sus beneficios.

Más allá del mercado de trabajo, los privilegios

Las elecciones legislativas en curso (escribo esto entre las dos vueltas) van camino de dar al Presidente Macron los medios para hacer realidad esta política. En los años venideros sabremos qué resultado da.
Pero:
Las reformas deben ir más lejos que el mercado de trabajo si se quiere cambiar en profundidad a la sociedad francesa. Seguimos a Jean-François Kahn en su artículo referenciado abajo, que dice: “[es necesario] el agrupamiento en torno a un proyecto de voluntades [decididas a] a atacar tan frontalmente los privilegios de fortuna como los de estatuto; a flexibilizar el mercado de trabajo para liberar el empleo, mientras se restaura una progresividad fiscal disuasiva de las remuneraciones obscenas (los 40 patrones del CAC40 ganan en promedio 4,5 millones de euros por año); [...] yendo más lejos en la baja de las cargas [...]”
La tarea es titánica pero, si obtiene resultados, será un aliento y una inspiración para los reformadores en países como el nuestro, con problemas, si no iguales, por lo menos similares.

Referencias

Jean François Kahn “Macron: dépasser les clivages, oui, mais jusqu’au bout”.
Ver sobre el mismo tema el artículo de Catherine Rampell en WP junio 8, 2017,
“Macron attempts a feat that Trump wouldn’t dare”